Emprender una actividad económica en España implica tomar una de las decisiones más importantes: ¿facturar como autónomo o constituir una empresa? Aunque ambas opciones permiten desarrollar un negocio legalmente, sus implicaciones fiscales, legales y administrativas son muy distintas. Escoger la forma adecuada no solo influye en los beneficios o en la imagen profesional, sino también en la protección patrimonial y en las obligaciones frente a Hacienda y la Seguridad Social. En este artículo analizamos de manera clara y práctica las diferencias legales entre trabajar como autónomo o a través de una sociedad, los costes, los riesgos y las ventajas de cada modelo, para que puedas elegir con criterio cuál se adapta mejor a tu actividad.
Qué significa facturar como autónomo
Ser autónomo significa trabajar por cuenta propia sin crear una sociedad mercantil. En otras palabras, la persona física realiza una actividad económica a título individual y asume personalmente tanto los beneficios como las deudas que puedan derivarse. Para empezar a facturar, basta con darse de alta en el Régimen Especial de Trabajadores Autónomos (RETA) y en Hacienda mediante los modelos 036 o 037, indicando la actividad económica (epígrafe del IAE) y el régimen fiscal correspondiente. El autónomo puede emitir facturas legalmente a empresas o particulares, aplicar el IVA cuando proceda y deducir los gastos vinculados a su negocio, como alquileres, suministros o material profesional.
Entre sus ventajas principales están la simplicidad administrativa, los costes reducidos, la flexibilidad y la gestión directa. Darse de alta y comenzar a trabajar es rápido y económico, no se necesita capital inicial ni escritura notarial, y es ideal para proyectos personales o con facturación variable. Además, el propio trabajador controla sus ingresos y declaraciones fiscales. Sin embargo, las desventajas son relevantes: el autónomo responde con todo su patrimonio personal ante las deudas, tributa por IRPF con un tipo progresivo que puede llegar hasta el 47% y, además, proyecta una imagen menos formal ante grandes clientes o bancos. En resumen, ser autónomo es una opción ideal para comenzar, pero puede volverse poco rentable o arriesgada cuando el negocio crece o se manejan grandes volúmenes económicos.
Qué implica crear una empresa (sociedad limitada)
Constituir una Sociedad de Responsabilidad Limitada (S.L.) implica crear una entidad jurídica distinta de la persona física. La sociedad tiene su propio NIF, patrimonio y obligaciones fiscales, y los socios solo responden hasta el capital aportado. El proceso de constitución requiere más trámites: escritura pública ante notario, registro en el Registro Mercantil, alta en Hacienda y Seguridad Social, entre otros. Sin embargo, ofrece una estructura más sólida y profesional para proyectos con perspectivas de crecimiento.
Entre las ventajas destacan la responsabilidad limitada, la fiscalidad más estable, la mayor credibilidad y la posibilidad de crecimiento. Los socios no arriesgan su patrimonio personal, la sociedad tributa por el Impuesto de Sociedades al 25% (o al 15% los dos primeros años con beneficios), transmite una imagen más profesional y facilita la incorporación de empleados o inversores. Las desventajas son los mayores costes y la burocracia: hay gastos notariales, contables y fiscales, y se requiere llevar una contabilidad ajustada al Código de Comercio. Por tanto, crear una sociedad tiene sentido cuando la actividad genera beneficios estables, se necesitan socios o se desea limitar el riesgo personal.

Diferencias legales y fiscales entre autónomo y sociedad
La primera diferencia fundamental es la responsabilidad legal. El autónomo responde con todos sus bienes personales ante cualquier deuda, mientras que la sociedad limita la responsabilidad al capital aportado, salvo casos de fraude o mala gestión. En cuanto a la fiscalidad, el autónomo tributa por IRPF, un impuesto progresivo que puede ir del 19% al 47%, mientras que la sociedad paga el Impuesto de Sociedades al 25%. Los socios, además, tributan por los dividendos que reciban. Esto significa que, a partir de ciertos niveles de ingresos —generalmente entre 40.000 y 60.000 euros anuales—, puede ser más rentable fiscalmente operar como sociedad.
En los trámites y la gestión también existen diferencias importantes. El autónomo puede gestionarse él mismo con una asesoría básica, mientras que la sociedad requiere contabilidad oficial, libros y depósito de cuentas anuales en el Registro Mercantil. Respecto a las cuotas sociales, el autónomo paga mensualmente al RETA según sus ingresos reales (desde unos 230 hasta más de 500 euros en 2025), mientras que el administrador de una sociedad también debe cotizar si posee más del 25% del capital, aunque la sociedad puede contratar trabajadores por cuenta ajena. En materia de obligaciones formales, el autónomo presenta declaraciones trimestrales de IVA e IRPF, mientras que la sociedad presenta IVA, pagos fraccionados del Impuesto de Sociedades, retenciones y cuentas anuales. Finalmente, en términos de imagen y confianza, facturar como autónomo es habitual en actividades personales (consultoría, diseño, redacción), mientras que operar como sociedad transmite más solidez en licitaciones o contratos con grandes empresas.
Cuándo conviene seguir como autónomo
Facturar como autónomo tiene sentido si la actividad es individual y con ingresos moderados, si no hay empleados ni grandes gastos fijos, si no se necesita invertir grandes cantidades y si se quiere probar una idea antes de comprometerse a crear una empresa. Por ejemplo, un diseñador freelance, un redactor o un fotógrafo profesional pueden trabajar perfectamente como autónomos si sus ingresos son variables y sus clientes son particulares o pequeñas empresas. No obstante, si los beneficios aumentan o los riesgos económicos crecen, puede ser recomendable dar el salto a una sociedad para pagar menos impuestos y proteger el patrimonio personal.
Cuándo es mejor crear una empresa
Crear una sociedad limitada es recomendable si se prevé facturar más de 50.000 euros anuales, si hay socios o inversores, si se necesita contratar personal, si se buscan ayudas públicas o si se quiere limitar el riesgo personal. Además, operar bajo una sociedad facilita el crecimiento a medio y largo plazo: la empresa puede ampliar capital, atraer inversión o vender participaciones sin afectar la continuidad del negocio. A nivel legal, también ofrece más estabilidad en contratos, acceso a concursos públicos y mayor profesionalidad ante clientes o bancos.
Errores comunes al elegir forma jurídica
Muchos emprendedores cometen errores que les cuestan dinero y tiempo. Algunos comienzan como sociedad sin tener apenas ingresos, lo que les obliga a afrontar gastos innecesarios. Otros no valoran el riesgo de responsabilidad personal como autónomos o no planifican el crecimiento desde el principio. También es frecuente olvidar la fiscalidad dual de las sociedades: la empresa paga impuestos por beneficios y los socios tributan de nuevo por los dividendos. Por eso, lo más recomendable es consultar siempre con un asesor legal o fiscal antes de decidir, analizando el volumen de ingresos, los riesgos y la estructura más eficiente para cada caso.
Conclusión: una decisión estratégica
Elegir entre facturar como autónomo o crear una sociedad no depende solo del tamaño del negocio, sino del nivel de riesgo, los ingresos previstos y los objetivos de crecimiento. El autónomo ofrece simplicidad y agilidad para empezar, mientras que la sociedad aporta seguridad jurídica y ventajas fiscales a largo plazo. La clave está en conocer bien las implicaciones legales y fiscales de cada opción y planificar con una visión empresarial. Tomar esta decisión con asesoramiento profesional es invertir en tranquilidad y en un proyecto sólido, capaz de crecer con garantías y sin sorpresas legales.
